El teatro como actividad educativa se ha planteado, desde una perspectiva tradicional, como una práctica complementaria donde los alumnos asisten a representaciones teatrales para acercarse a la literatura desde un punto de vista lúdico, de modo que pueden presenciar cómo esta cobra vida y así estimular su sensibilidad y gusto estético. Esta práctica, aunque conveniente, no deja de ser para los alumnos una actividad pasiva en la que se excluyen algunos de los aspectos esenciales que puede aportar el teatro en la formación escolar.
Es cierto que los profesores de Lengua y Literatura empleamos habitualmente los textos teatrales para la enseñanza de la expresión oral a través de la dramatización. Este ejercicio contribuye indudablemente a que los alumnos tomen conciencia de la capacidad expresiva de su voz y aprendan a comprender e interpretar mejor el lenguaje, y, al mismo tiempo, colabora en hacer de ellos comunicadores más eficaces, competencia imprescindible en la sociedad de la comunicación en que vivimos.

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